..

..

.

.
Soy imprecisa, poco inteligente, y demasiado malvada. ¿Qué significa malvada? Que no me importa ver sufrir a la gente. De vez en cuando, me gusta. "Tres veces al amanecer"

musica

jueves, 11 de diciembre de 2014

La modelo y el artista


Ella es… la modelo del artista, se muestra de las mil maneras que él la desea… débil o fuerte,  dulce o irritada,  sabia o inculta, tonta o inteligente…

Ella muestra el encanto de su belleza pero también refleja la mente del que la plasma en esa definición de querer mostrar lo que el artista quiere mostrar. La modelo es el artefacto, el artista es la mente prodigiosa para fijar el reflejo de un matiz y la singularidad de un contorno que sin embargo no se deleita con ello nada más que de paso y en la medida en que eso es útil para lo que pretende demostrar. Y aunque en apariencia parezca algo frívolo, quizás, sea una página viva para darnos un toque filosófico que persigue una demostración. Las conclusiones siempre nuevas y a menudo profundas a las que llega, si no parecen notables a las mentes superficiales es porque en lugar de expresarlas de forma abstracta, las intenta dar con una apariencia plástica y estimulante.

martes, 2 de diciembre de 2014

…y qué decir del talento…


A veces por inercia, o por vagancia, o por no querer pararse a pensar, tiramos de clichés y nos quedamos tan anchos. Por ejemplo, se dice que para llegar a hacer algo con talento, algo prodigioso o con arte hay que estar algo zumbado. Decía Almudena Grandes que siempre que habla de estas cuestiones con su marido -el gran poeta  Luis  García Montero- sobre la poesía, el poeta le comenta que… el primer verso lo da Dios, la inspiración viene del cielo, el carisma, o como queramos llamarlo. Al margen de la cordura o sensatez que posea el artista, el talento se encuentra sin buscarlo.  Con tan sólo una palabra de inicio ya se puede escribir una tesis, o quizás… dejar un poema para la historia.

  Pero todo eso a mi modo de ver es una opinión, y es cuestionable, faltaría mas. Incluso aunque te caiga del cielo alguna palabra de las que nos hubieran impresionado más. Se dice también que la locura es un ingrediente esencial para hacer arte. Un punto, una chispa de locura se suele decir. Y su competencia llega a bastantes ámbitos .Hay por supuesto artista de la palabra como ya es sabido, que han pronunciado o escrito palabras cuya profundidad se disimula por la costumbre y que no nos producen, a priori,  ese vértigo de haber captado la gracia original. Tenemos mil ejemplos de pintores, de músicos, escultores… Pero quizás ese rayo de locura sea como la sal; una pizca es suficiente; un exceso estropea la obra. Porque un Bernini seguro que ha utilizado, además de su talento, su ingenio para saber gestionar sus razonamientos lógicos. O el genial Mozart, para acompasar de manera armónica todo lo que le llegaba de su loca cabeza. Así el que escribe, por muy grandes aires de  dignidad evangélica  de la que confíe, es saber separar el buen grano de la paja… Eso creo.

Tejiendo palabras…

Hay artistas que se asoman a un precipicio para buscarlas, en el mar de las drogas, en el aire del alcohol… y hasta pueden descubrir esa palabra a sus pies… como una flor al borde del abismo. Es un espectáculo ver como acarician algunos las palabras, y cómo las toman, las poseen, cómo las saborean, cómo paladean ese sabor especial a veces sutil, a veces demasiado fuerte… que las realzan, que las repiten, que las gritan, que las cantan… que las utilizan como tema para mil variaciones, opacas o deslumbrantes.  Improvisadas a veces con una riqueza que asombra a la imaginación, y turba los esfuerzos de la memoria para retenerlas. Y todas esas cualidades que se tienen que dar en la escritura, como el encanto, la elocuencia, el ingenio para realizar ideas… buscando a las Musas, llamándolas para que busquen ellas una fórmula nueva por decirlo de alguna manera, hechas de majestuosa gracia y de inflamable ingenio.
También lo creo.



jueves, 27 de noviembre de 2014

La codicia


No hace la codicia que suceda lo que queremos,
ni el temor que no suceda lo que recelamos.
Francisco de Quevedo

Hasta la fecha había engañado a todo el mundo. Últimamente llevaba una vida muy  activa, sobre todo viajando… Nunca había dado un palo al agua. Pero ahora había creído encontrar lo que necesitaba: el camino hacia una vida regalada y llena de placeres.

Se miró en el espejo y sonrió al ver su propia imagen reflejada en el cristal. Era, sin duda, un hombre afortunado, pensó mientras se ajustaba al cuello una elegante corbata y se contemplaba con la arrogancia de un dios del Olimpo. Comenzaba para él una nueva vida. Por fin, había conseguido llegar donde quería; otro escalón hacia la riqueza y el bienestar: ser eurodiputado. En su partido era muy respetado, se habían tragado la píldora que él les había hecho tomar. Ahora tenía treinta y seis años, medía un metro ochenta. Su cuerpo estaba esculpido como el de un atleta, su rostro podía ser el rostro de cualquier modelo masculino. Y creía poseer una inteligencia privilegiada. En su juventud, cuando siendo todavía estudiante formuló sus revolucionarias teorías sobre los saltos cuánticos del tiempo. Había caído en sus manos un libro. “El mundo y sus demonios” de Carl Sagan. Era en aquellos tiempos en que su anhelo sólo era su ansia de poseer cosas no materiales, como el saber; su codicia por la sabiduría, era más que un pecado una virtud.

Por su atractivo físico tuvo la oportunidad de hacer un pequeño anuncio para la publicidad de su partido. Fue un éxito y su ego se hinchó  de una manera tan exponencial que desde su propio partido empezó a ser envidiado. Además pudo darle unas buenas mordidas al saco sin (con) fondo-s  destinado a protocolos y gastos de representación. Fue entonces, cuando en un almuerzo de trabajo conoció a Susana. Una chica guapísima hija de un banquero de renombre. La propuso matrimonio alegando que se había enamorado perdidamente. Y francamente lo que más le atrajo de ella era, no ya la intuición, si no la certeza de que estaba forrada. Ahora llevaban cinco años casados. Tampoco es que Susana le amara profundamente, pero aceptó.  Y se casaron por comodidad, por la costumbre que impera en este país de que los solteros son sospechosos de algo.

--Tú sabes, Narciso, que mi hija es una mujer adorable, y no me importaría lo más mínimo que desarrollases un deseo vehemente y exagerado de poseer riquezas y bienes materiales. Quiero que te pongas al día en las cotizaciones bursátiles, que disfrutes como yo de las exageradas ganancias de las eléctricas. De momento ya estoy tirando de los hilos… para que cuando dejes la política entres en esos grupos de consejeros de administración. Tendrás a tus disposición tarjetas opacas que podrás usar con total impunidad. Podrás viajar a donde quieras, enseñar el mundo a Susanita para que disfrute contigo de la vida.
--Sí, papá, ya sabes que soy un alumno avispado. No te defraudaré.

Y Narciso empezó a traspasar sus redes morales, fue cayendo en el pozo del egoísmo y sintió como una pasión criminal lo embargaba. Llegó un momento que sintió como si una sangre nueva  corriera por sus venas que lo enardecía… Se sentía ya un hombre tocado por la poderosa ambición de la codicia…

--Jajajajaja ¡Cómo disfruto siendo codicioso! 
Y si dicen que esto es malo ¡Me gusta ser malo!
¡Jajajaja! ¡Jajajaja! ¡Jajajaja!

Y ríe y ríe con una risa que ya no parece la suya, sino la del peor de los malvados. Y disfruta tanto que hasta se le caen las babas…

La música de su móvil suena de pronto y le devuelve bruscamente a su realidad.
--Cari, que no te olvides, que hoy te toca a ti ir a recoger al niño al colegio.
--Claro, claro, no me olvido. Claro que no. Tranqui, cariño.

Su vida cotidiana es así, tan monótona y con muchas dificultades para llegar a fin de mes. Susana y él son buenas personas, trabajadoras y honradas. Pero él… de vez en cuando sueña con ser malo, ansía ser codicioso, quiere vivir como todos esos políticos corruptos a quien parece que nadie puede meterles mano,  a esos que se burlan de todo y ni los jueces se atreven con ellos. Quiere vivir en la abundancia caiga quien caiga. Pero claro, él es harina de otro costal…


viernes, 21 de noviembre de 2014

El Inquisidor General


Los hermanos
Karamazov:

--¿Tú has escrito un poema?
--No-dijo Iván riendo-, pues no he compuesto jamás dos versos en toda mi vida. Pero he soñado con ese poema y me acuerdo de él. Serás mi primer lector, es decir, oyente. ¿Por  qué no aprovechar tu presencia? ¿Quieres?
--Soy todo oídos.
--Mi poema se intitula “El Inquisidor General”, es absurdo, pero quiero dártelo a conocer:

La acción se desarrolla en España, en la Sevilla del siglo XV, al día siguiente de un auto de fe en que habían sido quemados más de cien herejes. Es la época más terrible de la Inquisición, cuando cada día llameaban las hogueras en el país para mayor gloria de Dios, y cuando

En ingentes autos de fe
Quemaban a los terribles herejes.

…y de pronto, el Señor aparece entre el pueblo de una manera suave, como si quisiera pasar inadvertido, y el pueblo sin embargo lo reconoce, corre hacia Él atraído por una fuerza irresistible, el pueblo se agolpa a su lado y lo sigue silencioso…

Un viejo ciego desde su infancia, exclama entre la muchedumbre:

“¡Señor, cúrame y te veré!”Caen unas escamas de sus ojos, y el ciego ve. El pueblo vierte lágrimas de alegría y besa la tierra que pisa. 
De pronto Él se detiene ante el atrio de la catedral de Sevilla en el momento en que llevan un pequeño féretro blanco en el que descansa una niña de siete años.

--¡Él resucitará a la niña!-clama la muchedumbre a la madre llorosa.
El sacerdote que iba delante del ataúd mira perplejo y frunce el entrecejo.
Él contempla a la niña con lástima, y su boca exclama dulcemente una vez más: “Tálitha kumi”, y la jovencita  se levanta, se sienta y mira a su alrededor. La muchedumbre turbada grita y llora.

En aquel momento pasa por la plaza el cardenal inquisidor general. Es un viejo casi nonagenario, con el rostro enjuto y los ojos hundidos en los que aún brilla una chispa… sus  lúgubres auxiliares y la  guardia del Santo Oficio le siguen a una respetuosa distancia. Se detiene ante la muchedumbre y observa desde lejos. Lo ha visto todo, y su rostro se ha ensombrecido, sus ojos brillan con un resplandor siniestro… Le señala con el dedo y ordena a los guardias que lo detengan. El prisionero es conducido al sombrío y viejo edificio del Santo Oficio donde se le encierra en una estrecha celda abovedada. 
Llega la noche y el Gran Inquisidor llega a los calabozos, franquea la puerta y exclama:
“¿Eres tú, Tú?”
Y a continuación le dice:
“¿Para qué has venido a estorbarnos?”
Y amenaza a Cristo con la hoguera en la que deberá pagar el atrevimiento por haber vuelto…
Después le abre la puerta y el preso sale…
“¡Vete y no vengas más!”
“¡No vuelvas por aquí!”…Nunca, nunca…

******

Esta joya se puede leer completa en el libro V de “Los hermanos Karamazov” Que también narra las tentaciones del Diablo a Cristo, y cómo éste las rechaza… y no parece que siga el mismo ejemplo la Santa Iglesia Católica  Romana y Apostólica… Ya entonces, con aquel Santo Oficio, claramente se ve quien es su dios…
“¿A qué, pues,  venir a entorpecer nuestra obra? ¿Por qué guardas silencio, observándome  con Tu penetrante y tierna mirada? Prefiero que te enfades, no quiero tu amor, porque no te amo . ¿Para qué disimular? ¿Para qué voy a ocultarte nuestro secreto? Quizás quieras oírlo de mi boca. Helo aquí: Hace mucho tiempo que no estamos contigo, sino con él. Hace justamente ocho siglos que recibimos de él ese don que tú rechazaste cuando él te mostró todos los reinos de la tierra. Nosotros aceptamos Roma y la espada del Cesar, y nos declaramos los únicos reyes de la tierra (…) El viejo quisiera que le dijese algo, aunque fueran palabras amargas y terribles. De pronto el prisionero se acerca  al nonagenario y besa sus labios  exangües. Esa es toda su respuesta. El viejo se estremece: “Vete y no vuelvas más…¡Nunca más!” Y le deja marchar  en las tinieblas de la ciudad.”


domingo, 16 de noviembre de 2014

Las emociones… en el recuerdo


El recuerdo  de las emociones puede ser la percepción  de un viaje al paraíso. Aquella vez, aquel primer amor, (que en realidad sólo era una atracción física),  aquellos ojos azules color verde esmeralda… un ademán en las manos, un juego torpe de miradas… el amago de un beso… Ese “primer beso de amor”  sólo resulta gozoso en la nostalgia. Cuando quiero recordarlo descubro que cuanto más me quiero contar la verdad, más mienten mis palabras. Y mucho peor aún, me escucho utilizando los mismos clichés obsoletos que usan los demás.

Y por otro lado, ese vacío presentido entre lo que hemos sentido y nuestra habilidad para contarlo me sume en la perplejidad de no recordar con total nitidez aquello sentido. Aquél  primer “te quiero” que fueron las palabras más mágicas. Ahora cuando las escucho, a veces, me parecen las palabras más inadecuadas, como una necesidad para salir del paso. Algo que parece lo correcto para darle una legitimidad de valor. Como una representación teatral; como una actuación inevitable. Actuamos, no porque mintamos sino porque no tenemos elección. A veces la vida nos pone en esa tesitura.
Y creo además, y lo creo sinceramente, que cada momento de nuestra vida es una representación teatral. Incluso en nuestros momentos más íntimos, somos nuestro público; de al menos una persona: nosotros mismos.

La mayor parte del tiempo no sabemos quienes somos. Pero nos queda la posibilidad de poder actuar, incluso podemos dar “autenticidad” a nuestras actuaciones. Pero, ¿autenticidad con respecto a qué? ¿a mi verdadero yo interior? ¿a los otros? ¿autenticidad ante lo que siento o deseo? Puede que estas preguntas sólo sean retórica, lo cual ni siquiera sean necesarias para conocer la verdad, pero pueden ser útiles para aclarar algo mis ideas.

Y lo que trato de decir es que… cada vez que intento escudriñar en mi pasado, sobre todo si es en el pasado amoroso, no encuentro, no ya cenizas, sino humo. Distorsionamos los recuerdos, los vestimos de verdades: nuestras verdades, porque todo recuerdo del pasado es un cuento inventado.


martes, 11 de noviembre de 2014

Vida de mi vida…


Hay dos únicos modos de vivir: hacia fuera y hacia dentro. Hacia  fuera tu felicidad es extrínseca y depende del pronóstico del tiempo. Hacia  dentro tu equipaje puede ser muy ligero  y tener bastarte con muy poco… o algo muy grande; tanto como tú quieras. Sobra decir que la gente verdaderamente inteligente rodea el problema comportándose como si hubiera muchos modos de vivir, o mezclándolos y alternándolos  a su antojo. La gente inteligente crea ficciones útiles y se atrinchera en ellas. Porque eso y no otra cosa ha de ser la inteligencia: una ficción al servicio de la vida.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Me resultan divertidas tus ojeras, Ariadna


Valorando al hombre en su esencia.

Nada es bello; sólo el hombre lo es: toda la estética se basa en esta ingenuidad. Esta es su primera verdad. Veamos ahora cual es la segunda: nada es feo, excepto el hombre cuando degenera; así queda delimitado el ámbito del juicio estético. En términos fisiológicos, todo lo feo debilita y entristece al hombre. Le recuerda la decadencia, el peligro y la impotencia.

Ante lo feo el hombre pierde energía. Podemos medir su efecto con un dinamómetro. Por lo general, cuando el hombre se siente deprimido, es porque olfatea la proximidad de algo “feo”. Su sensación de poder, su voluntad de poder, su valentía y su orgullo disminuyen a la vista de lo feo, y aumenta por tanto, a la vista de lo bello…

En ambos casos sacamos una conclusión: las premisas  de ésta se encuentran acumuladas en grado sumo en el instinto. Se concibe lo feo con un indicio y un síntoma de degeneración, aunque sea en un grado mínimo, nos induce a que lo juzguemos “feo”.

Todo signo de corrupción, de putrefacción, aunque se encuentre tan atenuado que sólo sea un símbolo, provoca idéntica reacción: la valoración de “feo”. Y así, aunque apenas lo percibamos, aparece una especie de odio: ¿qué se odia en este caso? No hay duda; se odia “la decadencia del ser humano”. Y se odia partiendo del instinto más arraigado de la especie… en el que hay estremecimiento, previsión, profundidad, mirada a lo lejos… no hay un odio más justificado que éste.