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“Buscad leyendo y hallaréis meditando”. San Juan de la Cruz

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Soy imprecisa, poco inteligente, y demasiado malvada. ¿Qué significa malvada? Que no me importa ver sufrir a la gente. De vez en cuando, me gusta. "Tres veces al amanecer"

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jueves, 31 de octubre de 2013

Meditaciones con mi abuela…



Uno de los mejores recuerdos que tengo de mi infancia es haber estado mirando a mi abuelo mientras leía a Voltaire en el salón, casi en penumbra, y al rato se quedaba dormido plácidamente. Yo recogía con sigilo su libro y él seguía en su mundo. Esa imagen se me ha quedado grabada para siempre, quizás porque ya entonces adivinara que la literatura iba a ser uno de mis juegos preferidos. Pero la vida te va llevando; te trae y te lleva, como dijo alguien; la vida es eso que va sucediendo mientras nosotros vamos haciendo otras cosas. Sin embargo nunca he estado lejos de los libros. Por mi familia y herencia siempre he estado entre libros. Profesiones relacionadas con ellos, pero escribir, lo que se dice escribir, en rigor, nunca han logrado  vivir de escribir algo propio. Es más, según la versión de mi abuela, algunos apuntaban maneras, pero ninguno se sometió a esa disciplina que conlleva el escribir para otros.
De siempre, en mi casa,  he oído comentar que ganarse la vida  escribiendo libros supondría una condena; una cadena de contención; de control de uno mismo y del tiempo. Mi querido primo Rafael aseguraba siendo aún un niño,  que escribir tendría que ser un acto gozoso y placentero. Claro que mi querido primo desde siempre todo lo ha llevado a ese terreno. ¡Menudo golfo¡ dice mi abuela, ya que Rafael anda por ahí, a su aire, a saber qué andará haciendo ahora. Por que este golfo no parece de nuestra familia, ese muchacho con sus mil demonios en el cuerpo.

Mi abuela ya no sabe valorar lo del momento actual, bueno, yo creo que en realidad ni le importa. Ella ya está al cabo de la calle, en todo. Seguramente es que no se quiere calentar la cabeza con lo que no tiene remedio. Ella es sabia y sabe que este mundo no tiene arreglo… y con su gran sabiduría se ha quedado anclada en su mundo de cuando era una jovencita.  Lo hace a sabiendas, porque ella sabe discernir lo bueno y lo malo de cada época. Ella guardaba con mucho secreto algunos versos, que nunca dejaba leer. A hurtadillas conseguí leer algunos, y sinceramente no los consideré de gran valor. Una noche calurosa de verano me leyó algunos, y la verdad que leídos por ella, o quizás por el sentimiento que puso, me emocioné. Le dije que podía recopilar esos poemas de su creación e intentar publicar un librito. Pero ella riéndose con ganas, pues tiene un gran sentido del humor, me dijo que no la tomara el pelo, y me dijo que ahora los poemas no responden a esas coordenadas, ya no se aprecia lo mágico, lo místico. La poesía pura eso está en las antípodas. Ahora dicen los jóvenes que eso ya no se lleva; no mola. ¿Se dice mola, no?. Os dejáis arrastrar por lo que otros os imponen.

Todas esas cosas me dice mi abuela, ¡y qué sabia es la tía! Dice que para escribir, además de ciertas reglas, hay que tener vivencias, Pero abuela… cómo puedes decir eso a tus años con todo lo que has vivido. He vivido, sí, pero ¡me dejé tantas cosas en el tintero!… Pero ahora las puedes contar, incluso aquellas que te gustaría haber vivido. Escribiendo se puede mentir ¿no?…¡Ah, claro, hija, se puede mentir¡.  Pues claro que se puede mentir. Esa es la base de la escritura; mentir… porque esa es la mejor manera de que salgan a flote todas las verdades ocultas que hay dentro de uno. Esos mundos ocultos. No todos los grandes literatos lo han conseguido, quizás por pudor. Pero créeme, hija, nadie es auténtico.
Entonces…¿es difícil escribir lo que se siente, abuela? Bueno… Yo creo que hay que ser un genio para saber escribir con calidad literaria lo que se siente y sentir lo que se escribe, porque en rigor te digo que escribir todo lo que se siente resulta mucho más complicado.

Está anocheciendo. Súbitamente nos hemos quedado calladas, y ella  se ha quedado algo traspuesta… La mayor suerte de mi vida es haber tenido una abuela como la que tengo, además, es inmortal: siempre estará conmigo…


domingo, 27 de octubre de 2013

El silencio de Wittgenstein



Wittgenstein y la hipersensibilidad. Es el título de un post que quise escribir hace tiempo. Pero nunca lo publiqué. Supongo que Wittgenstein hubiera estado orgulloso porque él era también un poco así: le jodía la publicidad en general y que la gente hablara de su obra sin conocerle.
Pero esto es una suposición porque, como yo tampoco le conocí, yo también hablo de segundas, me limito a insistir en la leyenda urbana. Porque eso y no otra cosa es justamente Wittgenstein: una leyenda urbana, una mosca que no consigue salir de la botella, un millonario que se alista voluntario en la guerra , un hombre que se va a vivir a Noruega a una cabaña. Y muchas peleas dialécticas, un carácter presuntamente difícil y un alto concepto de la amistad. Y el trabajo intelectual… siempre el trabajo intelectual como único propósito real de la vida: escribir, trabajar , resolver problemas. Pero… ¿ qué problemas podía tener la vida para un millonario como él? Los mismos problemas que para cualquiera: problemas filosóficos. Escribe Wittgenstein.
 " Sentimos que , aún cuando todas las respuestas científicas hubieran sido contestadas, el problema de la vida permanecería intacto". Más tarde escribe: " Aunque soy incapaz de mostrar afecto, tengo una gran necesidad de él“. 
Y nadie ha condensado mejor que él en dos frases toda la historia de la filosofía….Y porque… 
“De lo que no podemos hablar, mejor es callarse”  Ésta es la última frase de su libro “Tractatus Logico-philosophicus”



domingo, 20 de octubre de 2013

De tan puros…


Tendremos que implorar otro milagro,
porque no hay semillas
de viento,
ni de sol,
ni de nieve.

Hay una larga herida
traspasada de voces,
desoída,
como un estruendo de alas,
como un fragor dormido,
como un enjambre
de risas asustadas,
como una sed insaciable
de palabras,
como un temblor de hojas
entre pájaros,
como un dolor trashumante
en las gargantas…

Hasta que la luna
abra sus ojos opalinos,
hasta que tornen
a dibujarse
los senderos,
hasta que vuelvan a anclar
las nubes en el cielo,
hasta que otra vez,
la primavera,
penetre con pasos verdes
en nuestros corazones,
hasta que,
de tan puros,
aprendamos a nacer de nuevo.





domingo, 13 de octubre de 2013

Inolvidables…


Estábamos tendidos en el césped disfrutando plácidamente de los primeros rayos de sol de la primavera y, quizá porque todo era demasiado maravilloso, él me preguntó si había conocido alguna vez la expresión perfecta del desdén, el odio puro. Le dije que sí, que una vez mi madre me mandó a comprar pan mientras estábamos mi padre y yo tomando el sol tan plácidamente como ahora, y que, tras varios recordatorios infructuosos, se quitó el delantal, cogió el monedero y se marchó escaleras abajo no sin antes dedicarme la mirada más escalofriante que mi mente recuerda.



sábado, 5 de octubre de 2013

Roja instantánea de un deseo…


Bruma en el cielo,
bruma en el mar,
bruma que todo defecto disimula
y todo lo embellece y difumina.

Cuando era más joven, quería ser poeta, o poetisa si creen que suena mejor. Tenía ese orgullo adolescente de querer destacar usando las palabras, impresionar a mi profesor y todo eso. Pasaba horas escribiendo poemas que ahora casi he olvidado. No sé si alguna vez he escrito buenos poemas, pero me esforzaba tanto en componerlos y leía tantos otros ajenos que había desarrollado la afilada habilidad de la comparación. Y yo creía que después de todo, los míos no salían tan mal parados.

Luego hubo una época en que empecé a mostrar mis poemas a las personas que yo creía oportuno sin decirles que eran míos para ver cuál era el efecto que producían. Ya no me atraía tanto la palmadita en el hombro sino la satisfacción secreta de tener que ver con algo que alguien pudiera llegar a apreciar. Era otra clase de orgullo al fin y al cabo, uno que antecede al olvido absoluto de sí mismo que rara vez se alcanza. En aquel tiempo mi único objetivo con la poesía era asegurarme de que fuera precisa hasta el punto de no importarme nada más, pues, si algo era preciso, qué importa todo lo demás... ¿ puede alguien discutir con el reloj cuando llega la noche? está claro que aún no había captado el sentido de la poesía. Pero para mi, mi amor a la literatura,  mi atracción desde siempre por escribir, ha sido “una divina comedia” en los altibajos de mi aún corta vida…

Ahora la  única poesía que me importa es aquella que alcanza a definir en cada momento lo que mi existencia demanda.