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“Buscad leyendo y hallaréis meditando”. San Juan de la Cruz

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No hay más realidad que la que tenemos dentro. Por eso la mayoría de los seres humanos viven tan irrealmente; porque cree que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su propio mundo interior manifestarse. Se puede ser muy feliz así, desde luego. Pero cuando se conoce lo otro, ya no se puede elegir el camino de la mayoría. Hermann Hesse.

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Todo lo que se hace por amor, se hace más allá del bien y del mal. Friedrich Nietzsche

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Y...ella tiene el mundo en sus manos...

viernes, 25 de marzo de 2011

Un giro inesperado III


--¿Todo ha ido bien?
La voz de Iker llegaba con algunos matices de preocupación a través del móvil al oído de Álvaro.
--Sí, todo bien. Todo ha sido bastante rutinario. Nada que pueda implicarnos.
--¿Y Ainhoa, cómo se encuentra?
--Bueno...creo que le han dado un susto de muerte. Casi se desmaya.
--¿Pero está bien?
--Sí, sí, no te preocupes. Ya me encargo yo. Está algo cansada, ya sabes, después de los últimos acontecimientos, es normal que esté algo alterada.
--Cuídamela  bien ¿vale?
--Sabes que sí, Iker.

Al cerrar el móvil, Álvaro se quedó pensando, aún no había llegado a comprender la implicación de Ainhoa en este asunto del banquero muerto. No encontraba explicación de por qué había sido llamada a declarar. Tampoco le había pasado inadvertido el nerviosismo y la palidez que súbitamente había notado en ella. Álvaro creía conocerla muy bien, pero a veces no la entendía en absoluto, achacaba su comportamiento, a veces extraño, a su condición de mujer, cosa que por otra parte ella le solía reprochar cuando él la trataba como a una niña, o como si fuese una ignorante, y él solía terminar disculpándose cuando ella, furiosa, lo catalogaba de machista.

Apenas había hablado con su padre de éste asunto, que ya había sido bautizado como "el caso cifrados negros".

Cuando Álvaro Aguirre llegó a su despacho la secretaria le recordó que en algo menos de treinta minutos llegaría su esposa para lo del colegio de la niña. Le pilló de sorpresa. Lo había olvidado por completo. Llamó a la editorial, pero su mujer ya había salido. Después llamó a María.
--Mira, María, creo que no va a poder ser hoy lo de la entrevista. Tengo la mañana muy liada...
--El cliente hace ya media hora que espera--le interrumpió María.
--Pues empieza la entrevista sin mi, saca el dossier, le entretienes con eso, ¡ah¡ por cierto, dile que esas facturas, las que trajo el otro día, no sirven, no están nada claras.
--Ya, y me dejas a mi con el marrón, acércate un momento, por favor.
--Joder, te digo que ahora no puedo. Además eso para ti es pan comido...
--Venga, querido hermano, que nos conocemos, y...¿sabes? Te lo digo muy en serio ¡tenemos que hablar¡ Últimamente te noto que no estás para nada.

Estaba de acuerdo. Últimamente no estaba para nada.

Sacó del cajón el antídoto para dejar de fumar. Mal momento, pensó. Presentía una nueva recaída. Y aunque su mujer le insistiera una y otra vez con vehemencia de que dejara de fumar, porque ya era hora de que empezase a cuidar su salud, él sabía de antemano que nunca lo conseguiría. Tenía por delante un día duro, se trataba de la educación de su hija pequeña. Había tenido problemas en el colegio, y no es que le hubiese pillado de sorpresa, pues toda la familia había tenido problemas en los colegios, parecía un mal congénito. Su mujer poco dada a solucionar las cosas que en verdad le concernían, el tema de la educación de la niña se le había ido de las manos.

Consultó la hora, su mujer no aparecía. Pensó que el día se convertiría en un toro de lidia, difícil de torear, pero no, todo lo que había presagiado se había ido solucionando como por arte de magia: "todo a ido bien, aita" le anunció su niña al llegar a casa. A veces la vida tiene estas cosas; que uno se ahoga en un baso de agua.

 
  
Está anocheciendo. Álvaro está solo en su despacho. Planta doce del lujoso edificio. El cielo presagia nuevas lluvias, lentamente se torna rojizo.
Ya de noche cerrada el cielo continúa nublado y no hay luna ni estrellas. El chirimiri se vuelve más denso. Álvaro está a punto de terminar con sus provisiones de tabaco. Empieza a meditar sobre si mismo y sobre sus logros en esta vida. Va a cumplir cuarenta y tres años y no ha hecho nada por méritos propios. Nada en absoluto. Su padre, sagaz detective, su hermana, considerada por todos, como mujer de gran valía, aún sin proyectarse pero que se intuye, con un futuro resuelto. Él, que por la influencia de su padre pudo ingresar como jefe en un sector de la policía local, exhibiendo su título de licenciado en derecho, pero que aún no podría ejercer de abogado sin dos años más de formación y de prácticas, y la superación de un examen estatal. Y siempre dependiente de su padre. Menos en aquella ocasión que quiso hacer algo por su cuenta, y que al final se vio a todas luces que había sido atrapado y seducido por una de esas redes del no siempre honesto mundo de la moda. Había perdido mucho dinero, pero eso no había sido lo peor. Esbozó una sonrisa. Se había medido así mismo y no había dado la talla.

Y ahora estaba imbuido en el plan "casinos", tan sui géneris. El trío formado por Iker, Ainhoa y él.
Iker era el cerebro, Ainhoa el señuelo y él...él era un mero ejecutor, al que se lo dan todo hecho y pensado de antemano. Digamos que Iker era el software y él el hardware. Bastante sencillo, de momento, aunque parecía que el último día algo falló. De cualquier modo Iker lo estudiaría. Tampoco es que a él le importara sobre manera la parte económica en sí. Era un juego, un desafío, algo para subir la adrenalina y ponerse en ese estado que tanto le gustaba a Ainhoa, porque lo que venía después de cada vez que actuaban...eso no tenía precio. Ainhoa era un ser singular, era un estímulo para él, que vivía un matrimonio anodino, por no decir desastroso

La lluvia empezó a arreciar con ímpetu. Álvaro se quedó inmóvil ante el ventanal. En uno de los cristales se reflejaba, desdibujado, un cuadro que le recordaba a Ainhoa. Era una mujer recostada en un diván, en una postura algo incómoda, que resultaba comprensible que soñara con las cosas más incongruentes, con entierros o terremotos, quizás con algún incendio o naufragio. Álvaro no creía en el amor, pero era cierto que sus ojos veían a la mujer entre sedas y semidesnuda con suaves telas de Oriente, como cualquier enamorado desea ver a su amante...y el hecho de ver proyectada a Ainhoa en todas las mujeres, le hizo pensar que se estaba convirtiendo en un anormal, en un espécimen propio de personaje de novela.


Sintió una necesidad tremenda de seguir fumando, miró por los cajones. Encontró en uno de ellos unos catálogos de armas que le había regalado su padre. Y junto a estos un revólver, pequeño y elegante como esos que suelen llevar las mujeres en el bolso en las películas de cine negro de los años 40, muy parecido a los llamados chatos de Smith. Se lo quiso regalar a Ainhoa, pero ella lo rechazó, porque pensó que iba a servirle, más que para disuadir, para provocar algún desastre, ya que ella no tenía ni la más mínima idea del manejo de armas. Al menos eso le dijo ella, porque Álvaro, dado el carácter curioso de Ainhoa, no terminó de creérselo.

En una caja fuerte incrustada en la pared, detrás de un cuadro, se guardaban documentos familiares junto a otros de alto secreto de estado, y algunas joyas. Una pistola al parecer de gran valor por tratarse de una pieza única. Una verdadera joya. Había sido utilizada, según le dijo quien se lo vendió a su padre, en dos suicidios al menos. Y además, había pertenecido a un príncipe ruso. Y otras dos veces había sido robada. El hecho de que ahora estuviese en la caja fuerte de su despacho, tenía su historia....

Siguió buscando por los cajones. Nada, ni rastro de más tabaco. Para distraerse empezó a organizar papeles. De pronto se apoderó de él una rara curiosidad con el deseo de abrir la caja fuerte. Quería volver a ver el aspecto de aquella pieza única de coleccionista.

El corazón le dio un vuelco cuando vio el estuche que contenía el arma. A simple vista notó que estaba vacío. Lo abrió con dedos temblorosos, el terciopelo violeta y carmesí lucía con los contornos del arma. Pero ésta ¡Había desaparecido¡


 Continuará...(¿Sí?)...

sábado, 19 de marzo de 2011

Silencio se...folla...


Nos conocimos en el instituto, eran nuestros últimos días y fue el primer chico del que creo que estuve enamorada. Era tan evidente que estábamos saliendo que nuestros amigos consideraron que ya éramos novios formales; esa denominación de origen en la que se da por hecho que ya se es una pareja comprometida. Y recuerdo perfectamente por qué le dejé.

Tenía una percepción sobrenatural y fabulosa que le impedía concentrarse en los momentos más íntimos. Su sentido del oído era agudísimo y siempre tenía las antenas puestas. Sus facultades auditivas eran tan notables que nunca conseguía relajarse cuando estábamos haciendo el amor. Siempre procuraba no hacer ruido o, en su defecto, que yo no lo hiciera. Vivía lastrado por un absurdo complejo católico. El temor a ser castigado no le disuadía a la hora de perpetrar el pecado y siempre temía ser descubierto. Y no era fácil, con sus antenas desplegadas podía abarcar un radio alrededor  de doscientos metros. Siempre había una cisterna que sonaba, unos pasos sospechosos, algún ruido extraño durante la madrugada del fin de semana que anticipaba la llegada de los vecinos...

--¿Te pasa algo?
--¿No has oído eso?
--¿El qué?
--Parece que alguien viene.
--Yo no oigo nada.
--Sssshhss, calla, ¿lo oyes ahora?
--Sigo sin oír nada. Es que no sé que quieres que oiga.
--Pues yo lo oigo perfectamente. Baja la voz.
--Encima que baje la voz. Hay que fastidiarse.
--Joder, tú nunca oyes nada. Estás sorda.
--¿Ves?, ahora eres tú el que está gritando.
..Yo no grito, no seas estúpida.
--Pues tú,estúpido y sordo.
--Cuando te pones irónica no te soporto.
--Pues a mi me dan ganas de arrancarte las orejas. Y a todo esto, quieres que sigamos...¿o prefieres que vayamos anotando las incidencias en el diario de ruidos? ¿cuales son tus onomatopeyas favoritas?...

Al principio, lo reconozco, me resultaba cómico. Aquél chico y su obsesión neurótica por los ruidos me divertía profundamente. Pero todo empezó a perder su gracia como un chiste repetido en exceso, no podía razonar con él. Yo cada día estaba más aburrida y más irónica; que es lo que siempre me pasa cuando me aburro, y empecé a alentar sus ficciones sonoras poniéndole nombre: "Sí, es verdad, es como el ruido de un dragón", "Dios mio, ese tono de voz rijoso, tienes razón, es Darth Vader".

Inevitablemente un día llegó el final de todo; el día en que me descubrí a mi misma haciendo el amor en silencio, sin producir el más mínimo jadeo o suspiro. Mi espanto fue tal que pegué un grito asustada mientras que salía a toda prisa de su cuerpo en medio del calor y de la agitación del sudor...
--¿Qué te pasa?
--No hay ruido.
..¿Qué?
--Que estamos follando como los muertos.
--Tú estás loca.
--De acuerdo, esto es una locura.
--Y no sé a qué a venido ese grito, me has asustado.
--¡Ah¡...¡que te asusta el ruido y por eso piensas que estoy loca¡...pues al menos los locos hacen ruido, y más cuando follan.
--A veces no te entiendo.
--pues deberías entenderlo.
--Ya, si yo lo intento...
--Se acabó. O subimos el volumen o aquí no se folla más.
--Es que los ruidos...¡no puedo evitarlo¡...
--Ya lo he notado. Por eso esta es la última noche.
Al final se quedó dormido como un bendito...tanta tensión acumulada...

Años más tarde me dijeron que lo habían visto en Roma, en una de esas asambleas que organiza La Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana para promocionar al Papa.

martes, 8 de marzo de 2011

Cuando ellas se travisten


"El hombre, y en general todo ser racional, existe como fin en si mismo, no sólo como medio"
Fundamentación de la metafísica de las costumbres...

¿Y...?
¿Porqué ellas se travisten?...

Hay travestismos que no necesitan de pelucas, tacones altos ni siliconas. Tampoco es necesario cambiara mucho la voz. Ni siquiera cambiar el vestuario con excesivos disfraces para disfrutar de una serie de valores habitualmente encarnados y propios de los hombres.

La Historia nos muestra muchos ejemplos de aquellas que abrazaron la virilidad sin infiltraciones hormonales, ni cirugías ni trasplantes para huir de su prisión biológica; considerando "prisión biológica" al imperativo legal.

Ejemplos hay muchos, y tan antiguos como el de la vikinga sueca Avilda, capitana de un navío de mujeres disfrazadas  de hombres que recorrieron el litoral escandinavo durante años.

O el tan religioso como el de Teodora, la santa adúltera, que adoptara una identidad varonil en la antigua Alejandría, después de ser tentada por las insinuaciones deshonestas de un joven, y para ahuyentar dichas tentaciones, la santa se vistió de hombre y se dedicó a llevar una vida de dura penitencia dentro de un convento de monjes.

O el tan promiscuo como el de Mademoiselle de Maupin, actriz y cantante de ópera, que a los 21 años ya coleccionaba dos amantes masculinos y una femenina gracias a su versatilidad para pasar de gentil damisela a apuesto caballero y de aquí a piadosa monjita.

Hay muchos ejemplos más, como el de Charley Parkhust, alias látigo, o tuerto charley, falso nombre de una conductora de diligencias de la Compañía Stage Lines, que abandonó la profesión al abrazar la fe mormona.

O la intrépida Nadhenka Durova, que bajo ropajes de soldado sirvió durante diez años al zar y llegó a ejercer de oficial  de caballería frente a las tropas napoleónicas.

O Jeanne Barret, que después de cultivar hortensias junto a su amante naturalista Philibert Commerson, se convirtió en la primera mujer en completar la vuelta al mundo, para lo que necesitó embutirse en un disfraz masculino.

O el de la doncella guerrera Fa Mulan, que a finales del siglo VI ocupó el lugar de su padre enfermo en el ejército chino, que combatió durante una década contra los jinetes hunos.

O el de Teresinha Gomes, que con la ayuda de un coche oficial y un chófer de pega, hizo creer a sus vecinos durante 18 años que era un general retirado del ejército portugués, abogado, agente de la CIA y funcionario de la embajada estadounidense.

En fin, ejemplos los hay para todos los gustos.

Todas ellas adoptaron una arriesgada concepción de la impostura como pasaporte a la libertad y al crecimiento, un acto de rebeldía contra natura que ha generado algunas de las historias más inverosímiles y rocambolescas del devenir humano.