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“Buscad leyendo y hallaréis meditando”. San Juan de la Cruz

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Soy imprecisa, poco inteligente, y demasiado malvada. ¿Qué significa malvada? Que no me importa ver sufrir a la gente. De vez en cuando, me gusta. "Tres veces al amanecer"

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lunes, 29 de noviembre de 2010

y...¿quién es él?...


"Sobre mi lecho, durante las horas nocturnas, he buscado a quien ama mi alma; le he buscado y no le he hallado. Voy a levantarme, y daré la vuelta a la ciudad por las calles y plazas; buscaré a quien ama mi alma: le he buscado y no le he hallado. Halláronme los guardianes que rondan la ciudad: ¿Habéis visto a quien ama mi alma?..."
(Cantar de los cantares)

Anoche...Quedé suspendida, detenida en el Tiempo. En otra dimensión. Mis vísceras subían a mi boca mientras era absorbida por un céfiro tornado de inmensa oscuridad...Cerré los ojos buscando claridad...¡Y la claridad se hizo¡...La luz me inundó y el reloj del tiempo comenzó a latir de nuevo...Plateadas mariposas se enredaron en mi cintura, sintiéndome espolvoreada por el dorado polvo de Zeus.

¡Aún me tiemblan las piernas¡...

Desperezándome ante mi ventana diviso el mar en lontananza...puntillea la mar danzarina llegando hasta la orilla y... veo flotando un beso...
¡Buenos días, amor¡.

martes, 23 de noviembre de 2010

Abismo


Amanece...

La Luna cansada de jugar con las ramas de los árboles se torna tímida y cierra sus ojos apagando la luz de su mirada, Las sinuosas sombras de la noche se van diluyendo, pronto el silencio quedará quebrado por los sonidos diurnos. Contemplo mi rostro en el espejo. Mi cara demudada dibuja la huella del insomnio reflejada en él. Aquellos tonos rosados de vida van adquiriendo perfiles amarillentos como los que proyecta una flor a punto de marchitarse. La noche, interminable, eterna, ha dejado dos sombras de luna color violado bajo mis llorosos ojos. El espejo me lanza una sonrisa preñada de escepticismo. Contemplo el desorden, la desidia de las prendas que no quiero vestir, mi cuerpo se resiste ante tanto abandono, la delgadez empieza a ser evidente. No quiero comer, no puedo, mi garganta está sellada, mi paladar ausente, y de mis ojos se escapa a  borbotones el manantial de mi dolor. Llegan a mi boca las risas estrepitosas distorsionando el llanto a punto de apurar las últimas lágrimas...

Hace ya tres años. Tres años que mis padres han estado elaborando encuentros. Mi niña, hija mía--dice mi madre--no puedes seguir anclada en ese aciago momento. Tienes que vivir. Eres dueña de tu vida.

¿Dueña?
¡dueña de qué¡...Si él se bebió todo el sabor de mi vida. Si dejó mi mundo sin luz y sin calor...Y lo hizo sin trampas, sin cartas marcadas. Nunca podré negar su habilidad de jugar a un farol sabiendo que mi incauta inocencia mordería el anzuelo, y nunca me quejé, ni me quejo ahora, pues lo hice a sabiendas, porque también, en cierto modo, me atraía el abismo de sus brazos, sus caricias y sus besos, sus juegos verbales que embelesaban mis oídos haciéndome caer en un abismo indescriptible.

Sé que mi vida con él hubiera estado cuajada de esperas interminables. De tener la paciencia de esperar que olvidase a una mujer, y, en ese intervalo, hasta enamorar a otra, tratar de volver a conquistarle sin ningún coste adicional por su parte. Y fue él, el que cortó por lo sano para evitarme ese tormento.

Y ahora estoy sumergida en el tormento de no tenerlo. Y mis padres con la mejor intención desean mi felicidad tratando de vincularme a posibles candidatos, serios y formales, para que pueda vivir una vida sin sobresaltos como la que ellos viven.

Pero yo no estoy hecha de esa pasta. Yo no quiero vivir en ese mar de calma chicha, asentada en una línea recta cuya vida se aprecia porque se inflama en un ritmo acompasado perfecto que anuncia un latir sin sobresaltos. Mi corazón anhela inquietudes, jeroglíficos zigzagueantes, situaciones inesperadas. Yo quiero vivir en el tren del amor, en ese tren en movimiento con un maquinista llamado Amor, que le guste la velocidad y nunca se pare. Que me ame así, con riesgos, mejor vivir en esa montaña rusa que en un tren anclado en una vía en la que ya no quedan raíles y del que más pronto que tarde te tienes que apear sin remisión.

Seguiré por tanto hurgando en mis heridas, recreándome en mi carne lacerada, lamiendo mis recuerdos hasta que, tal vez, divise a lo lejos un rayo de esperanza y la providencia me obsequie con la suerte de encontrar ese tren, aunque tenga que cogerlo en marcha...apostando mi vida a una sola carta; jugándomela a cara o cruz si es necesario...pues como bien dijo Ovidio: "Un placer sin riesgos nos complace menos".

martes, 16 de noviembre de 2010

El enigma


Cierto día se formuló una pregunta al Oráculo de Delfos: ¿Hay alguien más sabio que él?. Él era el filósofo más popular de la antigua Grecia y el Oráculo respondió que no; que no había otro más sabio.

Así que el filósofo salió a recorrer los caminos para intentar hallar a alguien que fuera más sabio que él. Desgraciadamente sólo se tropezó con gente que creía saber algo, pero esto no era suficiente. Así que siguió buscando. Llegó a la conclusión que, en cierto sentido, el Oráculo tenía razón; él era el más sabio porque "sabía" que no sabia nada.

Este hombre sabio tenía una mujer con un carácter insoportable. Se decía que era la mujer más insoportable de toda Grecia. ¿No resulta chocante? ¿Porqué el hombre más sabio de Grecia había de elegir casarse con semejante horror? ¿Qué hombre se inflingiría tal daño a sabiendas?. Pero también pudiera ser que ella se convirtiera en semejante gruñona tras su casamiento con el sabio, porque la pura realidad era que lo que el hombre sabio deseaba, ante todo, era salir de casa. Quería salir a jugar con sus amigos, tanto hombres como niños. Amaba la fraternidad, esa sensación sexual subyacente, que le provocaba. Amaba la conversación. Odiaba el trabajo. La simple idea de cambiar tiempo libre por una paga le daba nauseas. Así que aquí pueden que se hallen las respuestas de porqué su mujer tenía ese carácter tan endiablado.

Su sabiduría consistía en hacer preguntas abstractas a la gente para causar perplejidad (parece ser que éste era el camino por el que el filósofo pensaba que se podía llegar a la verdad). La pregunta que más solía hacer era: ¿Qué es la buena vida?. Se supone que nunca encontraba respuesta, pues si él no lo sabía siendo el más sabio, la pregunta era ociosa. Pero su astucia era comenzar recatadamente con una alusión tímida e irónica de modestas intenciones para desnudar a sus a sus adversarios y exponer sus contradicciones; hacer que una pregunta aparentemente sencilla  les llevara a conocerse a sí mismos. En ese sentido era de admirar el placer que sentía  por la dialéctica, y a la vez reconocer su propia contradicción, ya que fuera de sus cotidianas  conversaciones nunca sintió la inquietud de plasmar su doctrina o su método por escrito. Y qué más daba ¡qué importaba eso¡ su fiel amigo, el erudito aristócrata, haría lo necesario para explicitar sus concepciones, y en ciertos casos mejorarlas.

El problema del filósofo era su propia contradicción que suscitaba muchas preguntas sobre su vida y su persona, que no tenían respuesta: ¿Quién era él? ¿Qué tramaba? ¿En qué creía?. Y...¿porqué fue juzgado y condenado por sus conciudadanos?. La leyenda dice que era increíblemente feo, estrafalario y que le olían los pies...(más puntos en descargo al mal genio de su mujer). Había perdido de vista los inconvenientes de esos detalles físicos. Buscaba el conocimiento entre las gentes incultivadas, y pensaba que estaba absolutamente en lo cierto al identificar virtud, conocimiento y felicidad. Pero las masas ignorantes de su tiempo no alcanzaban a entender su mensaje.

Él intentaba expresar algo que no cabe encerrar en doctrinas y en métodos. Trataba de revelarnos los secretos de la sabiduría. La queja de su mujer era, en pocas palabras, que en la existencia de su marido no había nada particularmente racional o ético, que se había perdido a sí mismo en un intento de vivir  su versión de la buena vida.

A la vista de estos hechos su vida estaba llena de contradicciones, para ser el más sabio tenía muchas dificultades para manejar su vida, porque a fin de cuentas, el conocimiento y la sabiduría ¿no tendrían  que haberle servido para ser más feliz?. ¿Y no es menos cierto que otro cualquiera en su caso también  hubiera tomado la cicuta?.

martes, 2 de noviembre de 2010

Aquella tarde de lluvia en primavera...

Tenía la tarde aromas de acacia florecida.
Perfumaba la lluvia la tierra en primavera
y mi infancia volaba, segura, en la querida
geografía de ternura de la oración primera.

Mi padre me guardaba su calor en la mano,
donde se refugiaban mis dedos escolares.
Mariposa de sueños volando hacia el verano,
siempre tejían las cinco, en mágicos telares
de libertad, la vela de mi humilde barquilla.

Yo tomaba, recuerdo, su mano y regresaba
a la segura calma de una mesa de camilla
con un trono vecino de anea, donde jugaba
a encuadernar mis sueños en un soplo de viento
maternal. En mi frente coronaba la vida
la luz de la esperanza, paloma el pensamiento.

Tenía la tarde aromas de acacia florecida...