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“Buscad leyendo y hallaréis meditando”. San Juan de la Cruz

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No hay más realidad que la que tenemos dentro. Por eso la mayoría de los seres humanos viven tan irrealmente; porque cree que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su propio mundo interior manifestarse. Se puede ser muy feliz así, desde luego. Pero cuando se conoce lo otro, ya no se puede elegir el camino de la mayoría. Hermann Hesse.

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Todo lo que se hace por amor, se hace más allá del bien y del mal. Friedrich Nietzsche

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Y...ella tiene el mundo en sus manos...

domingo, 30 de mayo de 2010

Un hijo de verdad


Te lo voy a explicar para que lo entiendas. Y no sólo porque, después de todo este tiempo, haya llegado a amarte. Con la paciencia debida, una puede encariñarse de tantas cosas que cuesta nombrarlas: una tostadora eficiente, un sillón muy cómodo, la matrícula de un coche que nunca podrás permitirte, la melodía de la alarma de un despertador. Pero ya te digo que no lo hago por cariño. Lo que aquí importa es que, más allá de los sentimientos, al fin y al cabo, eres un ser racional.

NO VA A OCURRIR. Así de claro. Ya te puedes ir olvidando: nunca voy a tener un hijo de verdad. Y no pongas esa cara. Sabes de sobra que hace más de doscientos años que ninguna mujer tiene oficialmente un hijo de verdad, sea eso lo que fuere y que signifique lo que signifique. Sí, ya sé lo que tú crees que esa expresión significa; tener un hijo de verdad. Parece mentira que a estas alturas tenga que explicarte porqué las mujeres ya no tenemos hijos de verdad.

¿Acaso alguno de nuestros amigos tiene un hijo de verdad?. Pues no, resulta que todos nuestros amigos cuando les aguijonea la sed del infinito se apuntan al programa nacional de natalidad. Allí reciben un código, se les abre un expediente, se les asigna un número de feto, en fin, lo normal. Luego, y si por su curiosidad aún no hubiera sido satisfecha, incluso puede solicitar un informe al supervisor de la Colmena. Llegado el caso, hasta le está permitido solicitar una entrevista con su enlace familiar. Ya ves que las opciones son muchas. Pero lo que en ningún caso ocurre, lo que jamás la gente hace es tener un hijo de verdad.

Créeme que para mi sería más fácil todo este asunto sin encontrar un modo de racionalizarlo. Lo cierto es que nuestra relación transcurrió de un modo idílico hasta el día en que, hojeando en las librerías del barrio antiguo, compraste ese infausto libro; un tratado de finales del siglo XX que versaba sobre el embarazo y los cuidados del bebé. Creí entonces erróneamente que lo que te guiaba era una legítima curiosidad por el pasado, porque hasta ese momento el desarrollo intrauterino nunca te había merecido ningún adjetivo en particular. Pero, poco a poco y sin que llegara realmente a percatarme, tu fascinación por el tema empezó a crecer exponencialmente y pronto nuestra biblioteca estuvo infectada de absurdos manuales ginecológicos de más de doscientos años de antigüedad.

Sé que es inútil tratar de convencerte. De acuerdo con la bibliografia especializada, cuando uno de los de tu clase se empeña en una idea, el deseo genera un vacío que impregna la mente y produce un estado de enajenación similar al coma flotante. Pero dime, tan sólo por curiosidad, ¿porqué querría una mujer de las de ahora tener un hijo de verdad?. No, no te molestes. Supongo que aunque quisieras no sabrías explicarlo. No, no es necesario. Pero es que además no serviría de nada. Nuestra civilización se ha construido contra lo ininteligible y lo arbitrario, contra lo privado y lo mágico. Un hijo de verdad es, por tanto, algo sobrenatural, la propia expresión carece de sentido, a favor de ello, por así decirlo, no puede esgrimirse nada. No obstante puedo percibir con claridad el signo de la intención que trastorna tu mente masculina; ese virus romántico, el lado femenino que azota tu mente y que ha sido mil veces descrito. A ver si lo adivino: ver a la madre y su bebé, ese lazo íntimo, la comunicación absoluta, el vínculo amniótico. Menuda decepción, querido, figuras del lenguaje, pura retórica, oxímoron y egoísmo nada más.

Nuestros niños, incubados artificialmente en campos de desarrollo extrauterino disfrutan de la infancia más feliz de la humanidad. No tienen un padre o una sola madre, sino millones de cada. En las colonias de crecimiento reciben la alimentación más adecuada y la educación más exhaustiva, a salvo del egoísmo y la ignorancia de sus progenitores, viven y crecen como iguales protegidos frente a las expectativas y la culpa que proyecta toda relación de exclusividad. Y ahora dime: ¿qué loco arriesgaría esta garantía por tener un hijo de verdad, o mejor aún, dime qué ha sido de la decadencia de esos héroes narcisistas que apostaron por ser auténticos?. Te refrescaré los bancos de memoria, querido; marginados, suicidas, psicóticos, seres atormentados por la culpa y el deseo de ser otros, ahogados por la necesidad de escapar, asediados por la fiebre que les empuja invariablemente a imaginar cómo hubiera sido su vida de haber nacido en otro genoma, en otra familia, en otra época, en otro lugar.

CONTINUARÁ....

jueves, 20 de mayo de 2010

"La insoportable levedad del ser"

Giro en torno a ti, pero no te comprendo, llevo ya como cien mil vueltas, y sigo girando atraída por la misma fuerza misteriosa que marca el destino de los planetas. Pronto llegaré al millón. Sé que no he aprendido nada. Esto no tiene lógica alguna--me podría pasar la vida entera girando hasta consumir toda mi energía-- Pero giro y busco tus ojos, único modo que conozco de escapar a la muerte térmica.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Los plasmáticos





Miré a mi alrededor.

La pared estaba cansada y se despellejaba en mapas que se adherían a la ropa de los que la rozaban. La vieja capa que la cubría era de pintura blanca y, espolvoreada, se esparcía por los zócalos y las losas, ascendiendo finalmente redimida como polvo de estrellas a los cielos de la opaca y grávida blancura de los focos halógenos.

La luz me lanzó una piedra insignificante que tocó mi cristalino y un resorte sobrenatural disparó dando exactamente en la diana esperada. Sentí, ajena a mi, que los músculos de mis piernas iban a saltar.

Mejor no me levanto, tengo que tranquilizarme un poco. Voy a cerrar los ojos. Cerré los ojos.

La oscuridad entró y aportó claridad como siempre.

Así me quedé unos minutos hasta que abrí un espacio entre pensamientos y me suspendí en él.

Después del silencio saqué los ojos de la caja negra para prevenirlos de la posible entrada del inspector y los colgué de la puerta.

Inesperadamente recordé la dosis que aseguraba mi vida y debía llevar siempre conmigo. La busqué palpando la suave piel del bolso y afortunadamente la encontré, pero cerré los dedos de forma tan compulsiva que el frasco se quebró.

Mierda...

Sentí vergüenza; dos veces vergüenza, una por errar la entrada y llevar toda la manga derecha manchada de nieve y otra por haber hecho que todas las pastillas ahora rodaran caóticas dentro de un bolso demasiado grande.

No pensé en Julio. No hubo más que dos errores.

Para volver a calmarme mi mano apretó la frente y dibujando con el dedo corazón encontré la señal que necesitaba: un reloj. Lo encontré en la pared. Era algo ovalado, blanco y negro, a cuadros, año 1964, podría asegurar que era inglés. Estaba limpio, muy limpio, y pensé que la encargada de la limpieza no tenía interés en hacer su trabajo pero si cariño a un objeto que intuía de valor y que podía ser auténtico; un original de la época. Sin perderlo de vista me concentré  en recuperar mi ritmo cardíaco normal y decidí robarle un minuto al tiempo.

De forma repentina vi las aguas del Ganges y un grupo de niños que corríamos a sumergirnos. Yo siempre esperaba la última para salir del agua. Corté mi aliento un minuto y bajé a las oscuras aguas de mi río.

La cita se aproximaba, y para no volverme a perder aguanté la respiración tensando un arco hacia atrás con todo mi organismo mientras perseguía el minutero. Mis pulmones trotaron airosos, sin síncopas, desconecté millones de neuronas de sus funciones y paré el corazón. Entonces le pedí que ordenara ideas y todo su poder  afloró intenso sobre venas y raíces de venas que se perdieron hasta el infinito en mi cuerpo.

Relajada y alerta mandé a la verdad cerrar los ojos. La vi yaciendo tumbada sobre una lápida. Tapé a la niña que pasaba frío y pasé mis dedos por su frente en un gesto oculto y personal que desde siempre conseguía hacerme descansar y entrar en un sueño tranquilo.

Por fin mis manos estaban templadas. Así las sentí. Busqué su color y clavé certera la punta del colmillo izquierdo, el más joven, en la base del dedo índice para extraer los restos del óleo color rojo que me podría haber relacionado con la venta de cuadros falsos a escala internacional que Julio dirigía desde hacía dos siglos, y desde que me encontró en Florida había dado más dividendos que nunca.

Desde hacía tiempo mi afición a copiar obras de grandes pintores me había permitido vivir con tranquilidad, y con algunos de los modelos además alimentarme.

Julio y yo interpretamos una vida en pareja para nuestros amigos y familiares y vendimos cuadros en grandes subastas mientras duró nuestra relación. Mentir constantemente agotaba, pero mentir era más fácil desde que nuestra colonia descubrió que los somníferos en dosis adecuadas metabolizaban los alimentos humanos, a la vez que los compuestos químicos de algunas marcas nos hicieron inmunes a la luz del sol. Recuerdo que los asaltos a farmacias para acaparar todas las excedencias posibles fueron disminuyendo a la par que entrábamos en el siglo XXI , ya que dejaron de escasear. Todos teníamos contacto con médicos o algún químico, y por eso Pablo trabajaba para Julio. El fue el que creó  el placebo  que me ayudó a liberarme. Ingirió cuarenta pastillas pero veinte eran inocuas . Murió de un paro cardíaco cuando los primeros rayos del sol al amanecer parpadearon en la habitación y las largas ramas de los árboles recogieron sus sombras.

El móvil sonó. Julio llamaba en el mismo instante que entraba alguien por la puerta y preguntaba que cómo podía ser hindú con ese acento tan vasco. Julio me deseo suerte. Colgó. Contesté muy bajo-somos inmigrantes- mientras me levantaba y giraba sobre mi misma, tan lento que casi pierdo el equilibrio, el pobre hombre me enderezó y aproximó a la ventana dando un golpe para abrirla. El aire entró agolpándose, galopando sobre nuestras formas torpemente y tropezando con la estación anterior que todavía humeaba en las paredes. Quise asomarme pero vi que el alféizar estaba sucio de excrementos de palomas. Pensé en la chica del reloj, imaginé que preferiría que la echaran antes de limpiar allí. El policía maldijo al apoyar la mano y mancharse con los detritus de ave-Este chico ¿Qué coño hace cuando trabaja aquí?

La entrevista fue rutinaria. Salí del edificio antes de que pasaran treinta minutos. Me crucé con un joven que empujaba un carrito de limpieza y que se sentía invisible pese a que todos si iban apartando a su paso. Julio volvió a llamar, le dí el ok y le pedí que esperara diez minutos más. Me dí media vuelta simulando que no encontraba el móvil y seguí al chico hasta el ascensor.

Entramos.

domingo, 2 de mayo de 2010

Miedo escénico



Mi amor naciente y creciente por este blog....
El amor es un juego...interesante, que no hermoso, efectivamente. En realidad, resultan fascinantes las múltiples formas, colores y tamaños que puede adoptar el amor, porque todas son importantes, e incluso necesarias, en su medida. A veces el amor se disfraza de palabras, de los significados, impresiones y sensaciones que éstas sugieren. Otras veces se esconde tras los números, y de repente el 3 revela algo que el 2 no alcanzaba, o el 4 regala sentimientos inesperados, o de nuestro 100% rotundo y convincente de repente se despunta un 7%, o un 11% , o quizás un 25%, y un día nos sorprendemos dedicando un porcentaje de nosotros mismos  a una nueva forma de amor. Y no hay nada mejor que dejarse llevar por él; ceder a sus movimientos camaleónicos, acelerar o frenar de acuerdo a la velocidad con la que nos pasa por delante (o por encima), tomarse un respiro ahora, o emprender un sprint puntual después, si vemos que se nos escapa y nos apetece seguirle. Anda por ahí desperdigado, oculto, y tanto le da por adoptar forma epistolar, como se convierte en una canción, o en un cuento, o en un poema, o en un juego....